Sabemos que, cuando les va mal en el partido de ida de una eliminatoria, los madridistas apelan al ‘espíritu de Juanito’ para remontar. Pero esa invocación entre mística e inspiradora no es nada comparada con una mucho menos conocida que existe en el mundo del motor: el ‘espíritu de Mukainada’. Un mantra con el que directivos y empleados recuerdan cómo Mazda sobrevivió a la bomba de Hiroshima. Una historia de resiliencia y sentido de la comunidad que vale la pena relatar ahora que están a punto de cumplirse 76 años de aquella matanza.

La empresa actual es el fruto de los desvelos de Jujiro Matsuda, hijo de un pescador pobre de esta ciudad del sur de Japón. Él también tuvo que ejercer la profesión de su padre algunos años, pero después emigró a Osaka para convertirse en herrero, según reza la historia oficial de la propia Mazda. Emprendedor nato, a los 20 años ya había abierto su propio taller metalúrgico, que convirtió en un imperio con 4.000 empleados.

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La primera gran lección de superación de las muchas que acabaría dando. Porque, cuando quiso llevarse esa compañía que había creado a su ciudad natal, el consejo de administración se lo impidió. Así que… ni corto ni perezoso, se montó otra nueva. “Los caminos que tomé fueron siempre espinosos y pedregosos. Agónicos y llenos de dificultades. Yo avanzaba en línea recta. Dolorido, sin aliento, incluso ciego a veces, pero en línea recta”, lo expresaba el propio Jujiro en ese estilo lírico (y un poquito engolado) tan japonés.

Como aquella segunda machada también le salió bien, acabó vendiendo la nueva (Nihon Steel) para ponerse en 1921 con la tercera. En este caso, fue reflotar la Toyo Cork Kogyo, una firma que fabricaba derivados del corcho y que había comprado un año antes junto con otros empresarios. Poco a poco, fue reorientándola hacia lo que él conocía, la metalurgia y la fabricación de maquinaria. Y, en 1931, se sacó un gran as de la manga: un motocarro de tres ruedas bautizado como Mazda-Go, que sería la primera incursión de su empresa en el sector de la automoción.

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El aparato, ideal para transportar grandes cargas por las callejuelas típicas de Japón, conoció un enorme éxito. Tanto que las diez unidades que se fabricaban al día no eran suficientes para atender la demanda. No hay más que ver que la empresa pronto cambió su nombre a Mazda. Este derivaba del dios persa Ahura Mazda (cuyas alas se conservan en el logo actual)… pero también ocultaba una referencia al apellido familiar, Matsuda.

Sobreponerse a una desgracia

Y, en ese momento, cuando ya se planteaba dar un paso más y diseñar modelos de cuatro ruedas, estalló la guerra. La compañía la capeó como pudo hasta que llegó el aciago 6 de agosto de 1945, del que ahora se cumplen 76 años. Coincide que ese día era también el 70 cumpleaños de Jujiro. Así que fue a cortarse el pelo de buena mañana y, después, se dirigió como todos los días con su chófer a la fábrica, en Mukainada, que queda en las afueras, a unos seis kilómetros del centro.

Mazda Hiroshima 2

A las 8:16 de la mañana, cuando cayó la bomba, estaban llegando al recinto, lo que salvó sus vidas. El coche fue proyectado fuera de la carretera por la onda expansiva, pero los dos ocupantes resultaron ilesos. Y, mientras que el edificio en el que estaba la sede de la empresa quedó reducido a cenizas, los daños en la factoría fueron solo leves. De modo que, en medio de un panorama de desolación inmensa, con 80.000 muertos y muchísimos más heridos y personas sin hogar, este centro fabril se tornó en un lugar de esperanza.

Rápidamente, transformaron la planta de Mukainada en un hospital improvisado, con emisora de radio. Los empleados ayudaron a los afectados a reunirse con sus familias, además de distribuir material sanitario. Y comenzaron, con un nudo en el estómago, la reconstrucción. Solo cuatro meses más tarde, de hecho, la empresa volvió a fabricar motocarros, y los esfuerzos nacionales pronto dispararon de nuevo la demanda. Y, de esa manera, Mazda sobrevivió a la bomba de Hiroshima.

Invocando el espíritu

Pero ese sufrimiento y esa resiliencia se quedaron para siempre instaurados en el ADN de la compañía. Y un ejemplo de ello es cuando estuvo a punto de desaparecer en los años 60. Fue en el marco de la política del gobierno nipón de concentrar las empresas de automoción nacionales. Muchas pequeñas acabaron así integradas dentro de Toyota, Nissan o Mitsubishi. Pero no así Mazda. Porque el hijo y sucesor de Jujiro a su frente, Tsuneji Matsuda, recurrió entonces al ‘espíritu de Mukainada’ para mantener la independencia que tanto había ansiado su padre.

Mazda Hiroshima 3

Puso a trabajar así a sus mejores mentes para sobreponerse a aquella crisis, y tuvo éxito. Llegaron a la conclusión de que, si Mazda ofrecía un producto lo bastante único, podría evitar la integración. Y se lanzaron a una piscina casi sin agua. En 1961 firmaron un acuerdo con la alemana NSU, que había adquirido las patentes del motor rotativo de Felix Wankel. Un proyecto que, por aquel entonces, no estaba ni mucho menos listo para funcionar en un vehículo de producción.

Sin embargo, según recordaba Kenichi Yamamoto, el ingeniero que fue responsable de convertirlo en un producto maduro, “a los políticos les encantó la idea y dieron luz verde a la inversión”. El resto, desde luego, es historia del motor. Vinieron maravillas como el Cosmo Sport 110 S o el RX-7, que ayudaron a la compañía a irrumpir en la escena internacional, y aún hoy son clásicos muy, muy apreciados. Algo que nunca hubiera sido posible de no ser por el ‘espíritu de Mukainada’, con el que Mazda sobrevivió a la bomba de Hiroshima.

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