Fue uno de los más grandes ingenieros y, después, uno de los mejores ejecutivos de la industria del motor en el último siglo. Pero la historia que hoy queremos recordar, la de Ferdinand Piëch y el motor W, es una de esas en que las dos facetas del CEO del grupo Volkswagen (de 1993 a 2002) se mezclaron para dar lugar a algo tan innovador como natural. Ya dicen que los genios hacen fácil lo difícil.

No en vano, la lista de proyectos legendarios en los que participó Piëch en su etapa como ingeniero es escandalosa: Porsche 917, Audi Quattro, primer motor de gasolina de cinco cilindros, primer motor TDI… Más tarde, el sobrino de Ferdinand Porsche cogería las riendas de un grupo Volkswagen que estaba al borde de la quiebra. Y lo haría crecer hasta convertirse en la potencia automovilística que hoy es.

ferdinand piech motor w

Justo en esta época de expansión, el propulsor VR6, evolución de los motores en V, se había convertido en un imprescindible para Volkswagen. Gracias al pequeño ángulo que existe entre las dos bancadas de cilindros (de unos 15º, en lugar de los 60º o 90º habituales), era lo suficientemente compacto como para encajar en posición transversal en coches pequeños como el Golf.

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Pero Piëch quería algo más exclusivo y potente para la nueva remesa de deportivos que estaba preparando, con la compra en 1998 de las marcas Bentley y Bugatti. Así que, en 1997, aprovechó un viaje en uno de los famosos trenes bala japoneses, entre Tokio y Nagoya, para explorar una idea. Una que le rondaba la cabeza desde hacía tiempo: acoplar dos VR6 para dar lugar a un propulsor con forma de W y 12 cilindros. Tras hablarlo con Karl-Heinz Neumann, entonces director de Desarrollo de Motores de Volkswagen, el gran jefe de la compañía cogió un sobre y dibujó personalmente encima de él la primera versión de lo que se conocería como el motor W.

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Sin embargo, no se limitó a la idea inicial, y en el sobre garabateó un monstruoso W18 de de 6,25 litros y 555 CV. Ahora, necesitaba un lugar en el que montarlo. Así, al año siguiente compró Bugatti, y se dispuso a devolverle su aura de fabricante de vehículos de altas prestaciones. Tras muchos prototipos que usaban el W18, finalmente vio la luz el Veyron, aunque con una evolución. El W16:4, que esencialmente constaba de dos V8 unidos y cuatro turbos. Gracias a ello consiguió llegar a los 1.000 CV en un coche de producción.

Además, también se creó un W12 para varios prototipos de un superdeportivo de Volkswagen que nunca llegó a ver la luz. Sin embargo, aunque el proyecto naufragó, el idilio entre Ferdinand Piëch y el motor W no iba a quedarse ahí. El propulsor sí llegó a usarse, en el Touareg, el increíble y lujoso Phaeton, el Audi A8… y en varios modelos de Bentley. E incluso hubo un W8 para el Passat, que se ha convertido en un clásico moderno de lo más buscado. Todo, a raíz de un sobre emborronado en un tren.

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