Leyendas urbanas en el mundo del motor hay muchísimas, pero unas de las jugosas es la que dice que General Motors compró el transporte público para matarlo o, como mínimo, monopolizarlo de manera acorde a sus intereses. Pero, ¿es verdad? La situación es realmente compleja y está llena de claroscuros, pero vamos a intentar aclarar todo lo ocurrido.

Diez teorías de conspiración en el mundo del automóvil

Nos encontramos a finales de la década de los 40 en Estados Unidos, concretamente en 1939 cuando la propia General Motors unió fuerzas con Standard Oil, Firestone y Phillips Petroleum para crear un holding que, a priori, tenía como objetivo hacerse con diversas compañías de tranvías, movidos por electricidad, para desmantelarlas y sustituirlas por líneas de autobús que, aunque mucho más contaminantes, utilizarían neumáticos, consumirían gasolina y necesitarían piezas de los implicados, lo que redundaría en un beneficio para todo ellos.

Ahora bien, ¿fue así?

La situación previa

En aquella época la red de tranvías estaba muy extendida por muchas ciudades importantes estadounidenses como San Diego, San Louis, Oakland, Baltimore o Los Ángeles. En 1921 la red contaba con 1.200 líneas, 44.000 millas de raíles y 15.000 millones de usuarios anuales.

Sin embargo, tuvo lugar la eclosión del mercado de los automóviles privados, algo que sin duda supuso un duro revés. El argumento tras la teoría de la conspiración es que el conglomerado formado por las empresas antes citadas llevó a cabo toda la operación para dejar a los transeúntes sin transporte público y obligarles a comprar sus propios coches o, como mínimo, que utilizaran el autobús. Sin embargo, eso es saltarse a la torera muchas de las circunstancias de aquellos días.

Para empezar, este enfoque sitúa a los tranvías como la panacea del transporte, y no era así. Aunque eran lógicamente mucho más limpios (algo que en años posteriores se dejó notar de sobremanera con ciudades como L.A. envueltas en humo), la instalación de nuevas líneas y su ampliación era realmente cara debido a tener que construir raíles y tendido eléctrico. Además, algunas de las compañías veían como sus beneficios decrecían a pasaos agigantados porque perdían clientes, no por una trama oscura, sino porque estos simplemente preferían conducir su coche directamente a su destino en lugar de tener que ir encajonados con decenas de pasajeros y haciendo paradas continuas.

El año en el que General Motors trató de conquistar la nieve con este espray

En esta situación, reemplazar los costosos tranvías por las mucho más baratas (y contaminantes) e incluso rápidas líneas de autobús parecía una decisión lógica, sobre todo para el holding de General Motors y compañía, que además sacaban amplios ingresos de la venta de repuestos, piezas, gasolina, etc.

Los números son más claros que nada en esto:

  • En 1910 el trayecto por la línea de Long Beach con la compañía Pacific Electric tardaba 41 minutos, en el 54 una hora y además, con constantes retrasos en la llegada de los tranvías
  • Entre el 45 y el 51 el número de pasajeros bajó en 80 millones anuales
  • En el 26 el 15% del las millas recorridas en tranvía circulaba  a lo largo de líneas de autobús, para el 39 el porcentaje se había duplicado
  • La compañía Pacific Electric solo dio beneficios durante dos años entre 1923 y el final de la Segunda Guerra Mundial, y en total, 8 años en positivo de sus 42 años de vida

Con todo ello en mente queda claro que para 1939, año en el GM y compañía se hicieron con las diversas empresas de tranvías, el sector estaba en una marcada decadencia, por lo que no fue este el movimiento que causó su desaparición… aunque si uno de los que más la aceleraron.

Cómo saltó la liebre

El proceso de transformación tuvo lugar y los tranvías desaparecieron en su mayoría, pero no fue hasta bastante más adelante cuando se destapó la supuesta conspiración. Fue un abogado, Bradford Snell, quien publicó “The StreetCar Conspirancy: How General Motors Deliberately Destroyed Public Transit” en 1974, alegando que GM había urdido un plan para hacerse con el control.

Entre las acusaciones que incluía el texto estaban el amenazar a diversas compañías para que cambiaran sus máquinas eléctricas por otras propulsadas por buses de combustión y que, como estos serían más lento, haría que inevitablemente los pasajeros prefirieran comprarse un vehículo propio. También apuntaba a que, cuando GM no podía hacerse con las compañías para desmantelarlas, directamente sobornaba a los cargos de las mismas con coches Cadillac.

Lo que Snell pasó por alto fue todo lo que hemos comentado antes, algo que incluso compañías como la propia Pacific Electric tenían claro antes de la entrada en acción de General Motors y su “corrupción”. En 1917 ya había empezado a convertir muchos de sus tranvías en autobuses y para 1939, cuando intervino GM, la conversión había afectado al 35% de la flota.

Resulta, pues, osado e incorrecto encontrar al fabricante de automóviles culpable de la desaparición de los tranvías, un medio de transporte que simplemente no pudo competir contra las innovaciones del sector.

Fuentes: Straight DopeCBS NewsCurbed Los Ángeles
Imágenes: Los Angeles Public Library

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