Durante la I Guerra Mundial muchos de los fabricantes de automóviles tuvieron que dedicarse a menesteres convencionales o, como mínimo, modificar parte de su trabajo para adaptarlo a las necesidades de la guerra. En el caso de BMW, su mayor aportación al conflicto fue el BMW Illa, un motor pensado para mover los aviones alemanes en los combates de la época.

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Aunque en un principio la aportación de los aviones era testimonial, pronto se revelaron sus capacidades tácticas a la hora de analizar el movimiento de tropas y, finalmente, de entablar combate en el aire. Sin embargo, como ocurre siempre en los comienzos, hay problemas, que en este caso eran técnicos y afectaban principalmente a los motores.

Dejando al margen la necesidad de que fueran ligeros, el mayor problema era su fiabilidad y el hecho de que, al ser tan baja la presión del aire allí arriba, experimentaban pérdidas de potencia considerables.

Era Rapp Motorenwerke GmbH quien iba a encargarse de la producción de motores para los aviones alemanes pero, viendo que las cosas no iban bien, se pensaba fabricar bajo la licencia de Austro-Daimler. Franz-Josef Popp, que iba a supervisar la producción, delegó en un reciente fichaje de la compañía, Max Friz. Sin embargo, no se consiguió el resultado esperado y la fábrica acabó como mera planta de ensamblaje de motores para Benz y Daimler.

BMW Illa

A pesar de ello, Max Friz tenía ideas bastante innovadoras para un motor que no le habían dejado implementar, así que optó por cambiar de nombre a la compañía, que pasaría a llamarse Bayerische Motoren Werke GmbH, y creo el motor, que recibió la denominación de BMW Illa.

Se trataba de un bloque de seis cilindros en línea y 19 litro que desarrollaba una potencia total de 226 CV, pero cuya principal característica es que se había desarrollado para funcionar a plena potencia con el escaso oxígeno que había en las alturas, por lo que no perdía rendimiento. Eso sí, para que no explotara a nivel de tierra, se “ahogaba” a propósito.

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En 1917 se llevaron a cabo los primeros test y gracias al éxito en 1918 las primeras unidades, montadas sobre aviones Fokker D VII, estaban listas para el combate, dando bastante ventaja a los pilotos alemanes.

Debido al éxito el ejército pidió 2.500 unidades, una producción que la planta de Múnich no podía aguantar, por lo que se construyó otra muy cerca y el número de empleados creció hasta los 3.000. Sin embargo, la falta de materiales y los problemas con el suministro de energía entorpecían la producción, por lo que finalmente solo se fabricaron 591 BMW Illa que no influyeron lo suficiente como para cambiar el curso del conflicto.

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