En la época estival cambian nuestros hábitos de conducción. Los habituales desplazamientos cortos para ir y volver del trabajo se sustituyen por viajes largos en las vacaciones, y en estos hay que tener en consideración otros aspectos para cuidar la salud de nuestro vehículo. Una de las normas más importantes que hay que seguir es la siguiente: no apagues el motor después de un viaje largo.

Esto se debe, básicamente, a que hay que respetar los tempos del propulsor a la hora de ganar temperatura y de perderla. Parece que la mayoría de los conductores tienen claro que, a la hora de arrancar, hay que dejar que el bloque caliente un poco y que, una vez en marcha, durante los primeros compases hay que llevar a cabo una conducción suave.

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No ocurre lo mismo cuando llega el momento de parar, ya que no todos los conductores son conscientes de la necesidad de que el vehículo se refrigere antes detenerse por completo, sobre todo los que tienen turbo.

En un viaje largo el coche se ve sometido a una exigencia mayor por la acumulación de kilómetros y de tiempo en funcionamiento. Es algo que genera una carga de trabajo continuada en el turbo, lo que hace que gane mucha temperatura. Así, es necesario que refrigere antes de que apagues el motor, lo que evitará daños en los rodamientos y algo que es tan fácil de conseguir como dejar un par de minutos el motor al ralentí.

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Es más, si en la llegada a tu destino, durante los últimos kilómetros has llevado a cabo una conducción urbana, en la que el vehículo rueda más lento y hace paradas por distintos motivos, como los semáforos, ya ayudará a que la temperatura se rebaje de manera anticipada, así que el tiempo de espera recomendado es incluso menor.

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