Un buen día los hijos de los Underwood estaban jugando en el patio de la casa a la que la familia se había mudado hacía poco. Como niños que eran, se les ocurrió la idea de escarbar en el césped y en esas estaban cuando encontraron unos plásticos que llamaron su atención. Siguieron removiendo la tierra y lo siguiente que apareció fue algo metálico de color verde. Algo que parecía ser un coche. ¿Cómo había acabado aquel un Ferrari Dino enterrado en su jardín?

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Corría el año 1978 y la situación en Los Ángeles no era la mejor. No hacía mucho que habían encontrado el cuerpo de una mujer dentro de un coche que también estaba bajo tierra. Asustada, la madre de las criaturas llamó a la policía que aportó más detalles sobre el modelo: era un Ferrari Dino 246 GTS Chairs & Flares, una edición especial y limitada a un centenar de unidades. Quienquiera que lo hubiera enterrado había arrojado algunas alfombras encima, un intento tierno, aunque poco convincente, de proteger el deportivo italiano.

Dennis Carroll, el detective encargado del caso, comprobó que no había ningún cuerpo en su interior. Echó un vistazo al interior y al maletero: tampoco había drogas ni rastro de contrabando, pero las matrículas confirmaron lo que ya había detectado su instinto de detective: aquel Ferrari estaba en la lista de coches robados del Departamento de Policía de Los Ángeles. Con este punto de partida, empezaron a atar cabos… y reconstruyeron la rocambolesca historia de aquel coche.

Ferrari Dino

Objetivo: estafar a la aseguradora

Rosendo Cruz era un fontanero que decidió gastarse sus ahorros en un Ferrari Dino: 22.500 dólares de la época (18.500 euros) para intentar reconquistar a su mujer el día que tenían que haber celebrado el aniversario de su boda. Sin embargo, la idea tenía poco de romántica y mucho de estafadora. Rosendo contrató a un par de hombres para que robasen el deportivo italiano mientras estaban cenando y, posteriormente, cobrar la indemnización del seguro.

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Así las cosas, le dio el regalo a su mujer y se fueron a cenar a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad: el Brown Derby. Cuando terminaron y regresaron al lugar donde había aparcado el Dino, oh, sorpresa, no estaba. La pareja de falsos ladrones tenía como misión despiezar el coche (sí, duele sólo imaginarlo) y arrojarlo al mar… pero decidieron improvisar. Cautivados por el Ferrari, lo enterraron en un descampado para, pasado un tiempo, volver y recuperarlo.

Ferrari Dino

Casi perfecto

No contaban con que aquella explanada terminaría convirtiéndose en una urbanización privada. Rosendo denunció el robo del coche y como el Ferrari Dino no apareció, Farmer’s Insurance, su aseguradora, le pagó el valor que tenía en el momento de la compra: 22.500 dólares. Hasta aquí la historia era redonda, pero… cuatro años más tarde un par de niños encontraron el vehículo enterrado en su jardín. Caso reabierto.

Cuando lograron sacar el maltrecho deportivo del agujero en el que estaba pasó a ser de la compañía de seguros. A pesar de que estaba oxidado y había sufrido daños tanto en la carrocería como en algunas partes mecánicas, no tardaron demasiado en encontrar un comprador. No en vano la historia se había hecho muy popular en Los Ángeles.

Ferrari Dino

Una nueva vida

Farmer’s Insurance se lo vendió a Brad Howard por unos 6.000 dólares (4.900 euros), un precio bastante bajo para un Ferrari Dino que pedía a gritos una restauración. Y fue esta operación la que sí se llevó una buena suma de dinero.

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El motor de 2.4 litros y 195 CV fue revisado, sustituyeron varios de sus componentes, le sometieron a un esmerilado de válvulas, cambiaron la bomba del agua y reemplazaron los líquidos. Llegaba el turno de la carrocería, algo que su nuevo dueño dejó en manos de un taller especializado en ello que recuperó el aspecto original y pintó de nuevo el coche con su color verde original. La guinda del pastel corrió a cargo de la matrícula personalizada. Brad sustituyó los números por dos palabras: Dug up, que en castellano significan ‘desenterrado’.

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