Cuando se presentó, en 1990, se veía ya que era un coche especial. Pero no fue hasta que empezaron a entregarse las primeras unidades, al año siguiente, cuando se reveló como el auténtico mito que terminaría por ser. No en vano, por las venas de esta berlina aparentemente sobria corría la sangre deportiva de la compañía que había creado el 911 o el 917. Por eso, ahora, Porsche y el Mercedes 500 E celebran de nuevo juntos los 30 años de una historia compartida desde el principio.

De hecho, la marca ha reunido para la ocasión a dos de los responsables del (historia) Mercedes 500 E: Michael Hölscher, líder del proyecto, y Michael Mönig, responsable del departamento de Desarrollo de Prototipos de Porsche en aquella época. Juntos han recordado con nostalgia cómo empezó todo. Fue en 1988 cuando Daimler-Benz encargó a Porsche desarrollar una versión potente del W 124, con un motor V8 de cinco litros y cuatro válvulas por cilindro tomado del 500 SL. Sin embargo, se le hicieron algunas modificaciones: las bielas eran más cortas, contaba con sistema de inyección Bosch LH-Jetronic…

Mercedes 500 E: un lobo con piel de cordero

Gracias a sus 326 CV y 470 Nm, y a su caja de cambios automática de cuatro velocidades, el ‘lobo con piel de cordero’ (así lo apodó la prensa) aceleraba de 0 a 100 km/h en 5,9 segundos, y su velocidad máxima estaba limitada electrónicamente a 250 km/h. Para lograr estas impresionantes prestaciones, Porsche retocó cada aspecto del W 124. Desde la suspensión, el sistema de escape o el chasis hasta la batería, colocada en el maletero para mejorar la distribución del peso, o las tomas de aire (como se cuenta en el vídeo, la principal era el pequeño espacio entre los faros y la carrocería). Las diferencias eran tan sustanciales que el 500 E solo contaba con cuatro plazas homologadas, pues el diferencial era tan grande que no dejaba espacio para el asiento central en la fila trasera.

Mercedes 500 E ingenieros

También se modificó la carrocería. No mucho, pues estéticamente no debía distinguirse apenas de la berlina original. Eran distintos el parachoques delantero con los faros antiniebla integrados y las aletas ensanchadas, que eran quizá su rasgo más distintivo. Pero eso, junto al hecho de que el coche en sí fuera 56 milímetros más ancho y 23 más bajo que el original, fue suficiente para que Mercedes no pudiera pasarlo por su cadena de montaje. Así que acabó encargando a Porsche también el ensamblado. Algo vital para la compañía en aquel entonces, pues estaba en una importante crisis, y eso le permitió mantener a sus trabajadores.

En cualquier caso, la fabricación de este modelo, realizada a mano, era un proceso complicadísimo, que lo hacía rebotar varias veces entre las plantas de ambas marcas en las afueras de Stuttgart, y que llevaba 18 días para cada unidad. No extraña, por tanto, que al principio solo se produjeran 10 al día, aunque la alta demanda llevó a aumentar ese número hasta los 20. Para abril de 1995, cuando se descontinuó, se habían entregado 10.479 unidades.

Mercedes 500 E aletas

Porsche proporcionó a sus dos exingenieros una de aquellas unidades originales, para que dieran sus impresiones a 30 años vista. Para Mönig, por ejemplo, se trata de un coche “muy potente, pero nada ostentoso; dinámico y lujoso al mismo tiempo. No llama especialmente la atención de entrada, necesita un segundo vistazo para hacerlo”.

Hölscher, por su parte, recordó la primera vez que se dio cuenta del buen trabajo que habían realizado. “Hace treinta años viajé hasta el lago de Constanza con tres compañeros”, contó. “Pasamos todo el viaje hablando entre nosotros. En un momento dado, uno de ellos miró el velocímetro y se sorprendió al darse cuenta de que la aguja marcaba 250 km/h. Habíamos ajustado el chasis, los frenos y el motor a la perfección, lo que se traducía en una experiencia de conducción excelente”. Un gran homenaje a Porsche, al Mercedes 500 E y a sus ‘padres’.

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