No se entendería la figura de Henry Ford sin la de John y Horace Dodge. Y tampoco se podría concebir Ford Motor Company sin Dodge. La batalla legal que protagonizaron a principios del siglo XX no sólo ayudó a sentar las bases de la industria del motor que conocemos hoy en día, también fue clave en las relaciones de las empresas con sus accionistas, empleados y competidores. Esta es la historia de la rivalidad Ford-Dodge.

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Ford y Dodge son dos de los nombres emblemáticos en la historia del automóvil de Estados Unidos y resulta que ambas marcas comenzaron en el mismo bando. Los hermanos Dodge aterrizaron en la industria del motor en el año 1900 construyendo transmisiones Oldsmobile y no tardaron mucho en convertirse en los principales proveedores del Ford A, el primer coche de la compañía de Detroit.

No fue lo único que les unió a Ford: ellos formaron parte del grupo de inversores que pusieron dinero (en concreto 28.000 dólares de la época) para que el proyecto de Henry arrancase. Aquella inversión no tardó en dar sus primeros (y jugosos) frutos: en menos de tres meses, Ford consiguió unos beneficios de 37.000 dólares con las ventas del Ford A.

Dodge 30-35

El Dodge 30-35

No obstante, los hermanos Dodge tenían planeas más grandes y ambiciosos que iban más allá de construir transmisiones. En 1914, bajo el nombre de Dodge Brothers Motor Company, lanzaron su propio coche: el Dodge 30-35, un modelo que estaba destinado a competir directamente con el Ford T. Como podéis imaginar, Henry Ford no se tomó demasiado bien la llegada de estos nuevos competidores.

El fundador de la marca del ovalo azul no se quedó parado y puso en marcha un plan con el que pretendía frenar a John y Horace Dodge. En primer lugar dejó de pagarles dividendos a ellos y a otros inversores. En segundo lugar, redujo el precio de sus coches en casi dos tercios. Un par de movimientos que, en 1916, desencadenaron una batalla legal.

Ford A

Entra en juego la justicia

Los Dodge demandaron a Henry Ford un día después de la boda de su hijo argumentando que con aquella bajada de precios estaba engañando a los potenciales inversores. El caso llegó a la Corte Suprema de Estados Unidos.

El tribunal confirmó que Ford debía pagar los dividendos rechazando la razón que había dado el acusado: aseguro que pretendía reinvertir el dinero para impulsar la producción de la empresa y aumentar los salarios de los trabajadores.

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Al mismo tiempo, la justicia reconoció otra teoría legal importante: la regla de juicio empresarial. Según esto, el director corporativo, generalmente, actúa buscando el mejor interés para la empresa y tiene un amplio margen para hacerlo siempre que sus movimientos sean razonables. Así es cómo evitó que los Dodge frenaran los planes de expansión que tenía para sus fábricas.

El truco final de Henry Ford

Sin embargo, Henry Ford tenía un as guardado bajo su manga. Después de conocer el fallo judicial, anunció que iba a vender la empresa a su hijo y difundió el rumor de que iba podría iniciar un nuevo negocio de coches. La consecuencia fue que el valor de las acciones de Ford Motor Company se desplomó y ante esta situación, los hermanos Dodge y en el resto de inversores vendieron sus títulos a la familia Ford.

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