Vivimos en un mundo donde las etiquetas, sean del tipo que sean, nos definen. En el caso de los coches, desde su aparición hace un lustro, no solo han provocado que los conductores cambien sus hábitos de compra, sino que en ciertos aspectos creo que han hecho perder ese toque de pasión.

Llevar una pegatina en el parabrisas se ha convertido en una manera de control, de decirte que puedes o no puedes pasar a una zona urbana e incluso que puedes ahorrarte el aparcar en dicha zona o pagar más por ella. Los sellos B, C, ECO y CERO se han convertido en una prolongación de nuestro conocimientos sobre vehículos cuando en realidad han condicionado todo el proceso de elección. El color se ha convertido, casi sin darnos cuenta, en una parte esencial de esa decisión.

Por eso llama tanto la atención encontrarse con una etiqueta de otro color y no me refiero a esa negra que critica fervientemente a la DGT, no, sino a una roja. Nunca antes se había visto porque nunca antes se había probado la tecnología de la que informa en nuestro país. Su presencia en el parabrisas provoca una mezcla de curiosidad y sospecha, cuando en realidad se trata de un sello que no habla de emisiones, ni de consumo, ni de si el coche entra o no en Madrid Central. Su finalidad es identificar a vehículos que están haciendo algo distinto en la carretera, algo que obliga a que la administración, los agentes y el resto de usuarios sepan que no estamos ante un coche convencional más.

 

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¿Por qué lleva etiqueta roja?

Tesla Model 3 Etiqueta Roja

Hablo de la conducción autónoma y más concretamente del sistema FSD de Tesla, es decir, del Full Self Driving que la marca californiana lleva meses probando por Europa y en la que nosotros tuvimos la oportunidad de probar en primera persona. Durante la prueba, lo más curioso fue que el coche no parecía especial desde fuera. Era un Model 3 (prueba) al uso, con su anodino diseño y su interior tecnológico pero con una capacidad de conducir por sí mismo que yo, personalmente, no había experimentado jamás a excepción de contados prototipos.

Pero aquí no hablamos de coches conceptuales, ni de carrocerías futuristas repletas de radares, antenas y LiDAR; era una berlina más, como las más de 6.000 que se han vendido este año. La diferencia estaba en lo que ocurría cuando empezaba a moverse y el conductor dejaba de intervenir de la manera tradicional.

Tesls FSD conducción sin manos

El primer impulso, reconozco, fue desconfiar. No por prejuicio tecnológico, sino porque cualquiera que lleve años probando coches sabe que una cosa es lo que promete un sistema de asistencia y otra muy distinta lo que hace cuando, ojo, se mueve entre el tráfico real. Peatones imprevisibles, rotondas mal resueltas, obras, lluvia, motos que aparecen entre carriles o conductores que deciden cambiar de trayectoria sin avisar. La conducción cotidiana está llena de pequeñas imperfecciones humanas que, paradójicamente, son las que más cuesta enseñar a una máquina.

Pero todo ello se esfumó en los primeros compases. Tras los pertinentes ajustes realizados por el conductor (nosotros estábamos sentados en el copiloto) el Model 3 salió con suavidad, leyendo la primera intersección con una calma casi incómoda y aproximándose a una rotonda sin ese punto de duda que suelen tener algunos asistentes cuando no entienden del todo el entorno.

PRUEBA: Tesla Roadster (2010)

Pero lo más llamativo fue ver cómo cedió el paso, esperó su momento y se incorporó con total naturalidad. No hubo frenazos teatrales, ni volantazos, ni esa brusquedad que a veces delata que un sistema está más preocupado por no equivocarse que por conducir bien. La sensación era extraña porque el vehículo no estaba haciendo nada espectacular, y precisamente por eso impresionaba. Se comportaba de una manera reconocible.

Siempre atento

Tesla FSD detalle

A medida que avanzaba la prueba, la sorpresa fue cambiando de forma. Al principio uno se fija en cada gesto del volante, en cada deceleración, en la distancia con el coche precedente o en cómo interpreta un paso de peatones. Después, casi sin querer, empieza a observar el tráfico como lo haría en el asiento del acompañante de cualquier conductor prudente. Y ahí aparece la verdadera diferencia. Cuando un sistema logra que dejes de anticipar constantemente el error, empieza a parecer menos una demostración tecnológica y más una herramienta real.

Pero ojo, porque todo ello no implica que uno pueda desconectar. Para nada. Este sistema FSD no convierte al conductor en otro pasajero, ni permite mirar el móvil, leer el periódico o estar mirando al acompañante. Nada de eso y por ello el sistema se llama ‘Supervisado’. Sigue siendo obligatorio mirar al frente ya que en todo momento la responsabilidad continúa en manos del piloto. De hecho, cuando este aparta la vista durante más tiempo del debido, el sistema avisa, insiste y termina reclamando la intervención de forma clara. Si no miras no solo se enfada sino que se desconecta.

Tesla Model 3 etiqueta roja DGT

Y eso es lo que significaba esa etiqueta roja que llevaba aquel Tesla Model 3 en el parabrisas. Era el distintivo que identifica a los vehículos incluidos en pruebas autorizadas de conducción automatizada en vías abiertas al tráfico. En otras palabras, un aviso visual de que ese coche forma parte de un ensayo regulado, supervisado y trazable dentro del marco creado por la DGT para evaluar sistemas automatizados antes de su posible despliegue comercial.

El FSD supervisado no es autonomía total, aunque su nombre pueda invitar a confusión. Es un sistema muy avanzado que todavía exige vigilancia constante, y esa diferencia legal y técnica es fundamental. Pero también sería injusto negar lo evidente: cuando funciona bien, funciona con un nivel de naturalidad que va bastante más allá de lo que solemos entender por un asistente de conducción. No se limita a mantener un carril o regular una distancia. Interpreta, decide, espera, acelera, frena y negocia el tráfico con una madurez que sorprende incluso a quien llega preparado para impresionarse.

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