Del mismo modo que alguien muy pero que muy opulento no se conforma con un Ferrari, un Lamborghini o un Porche ‘cualquiera’, nosotros tampoco podíamos limitarnos a subirnos a un Pegaso sin más. Por eso, el protagonista de estas líneas no es un camión, ni un autobús de los que abundaban tanto en las carreteras patrias del siglo pasado. Se trata de uno de los 84 superdeportivos que la marca española ensambló a comienzos de los 50… y cuyas características lo hacen todavía más especial. Bienvenido a la prueba Pegaso Z-102 Touring Serra: ¿el más exclusivo de la historia?
Tras el fin de la Guerra Civil en España, parecía que no se podía pensar en otra cosa que en motorizar un país en plena reconstrucción, desde los cimientos. Por tanto, el gobierno de Franco, siguiendo el modelo económico de la autarquía, priorizó el transporte de mercancías y viajeros, por ese orden. Y del mismo modo que crearía en 1950 la Sociedad Española de Automóviles de Turismo (SEAT) para ensamblar coches bajo licencia Fiat desde 1953 (primero, los 1400, luego los 600…), volcó todos sus esfuerzos desde 1946 para el transporte pesado en la Empresa Nacional de Autocamiones S.A (ENASA). Su responsable técnico y logístico iba a ser un catalán afincado en Italia, Wifredo Ricard, dispuesto a dejar Alfa Romeo para hacerse cargo de semejante proyecto en su país de origen.
Así, Ricart llegaba con la misión de aprovechar al máximo los últimos trabajos de la ahora maltrecha -y en otro tiempo esplendorosa- Hispano-Suiza, de la que el nuevo Ejecutivo no quería saber nada y acabó expropiando a sus dueños por un precio irrisorio, pues no encajaba en su idea de que toda recuperación económica pasara por su control, sin dejar nada, en principio, a la iniciativa privada. Para ello, bajo la marca comercial Pegaso, el brillante ingeniero (creador, entre otras genialidades, del primer Fórmula 1 con motor central-trasero, que está expuesto en el Museo Storico de Alfa Romeo, en Arese) diseñó un logotipo de un caballo español, sin las alas del de la mitología y a galope, para que siempre fuera más veloz del de su archienemigo Enzo Ferrari.
Constituyeron una serie limitadísima que no dio tiempo siquiera a desarrollar demasiado, con unas prestaciones de vértigo, inscripciones memorables en el mundo de la competición con Celso Fernández (que batió con Pegaso 8 récords del mundo de velocidad y aceleración en su día y conservó algunos hasta su muerte), Polo Villaamil, Joaquín Palacio y Juan Jover, entre sus probadores/pilotos oficiales… y que situaban la imagen de la ingeniería española en un lugar inmejorable. Sin embargo, entre que el mercado nacional no estaba para tirar cohetes y pocos eran quienes estaban dispuestos a pagar grandes sumas de dinero por coches así, lo cierto es que cuando en los años 50 las líneas de montaje de Pegaso se trasladaron a la nueva sede madrileña de la Carretera de Barcelona (N-II) -donde se encuentra actualmente la fábrica de Iveco-, nadie se esforzó por reanudar la producción de estos espectaculares turismos.
La unidad que probamos aquí esta vez, aún con la típica cruceta de la marca sin cubrir la entrada de aire frontal, es un rarísimo ejemplar, pues se trata de un Pegaso Z-102 firmado por Touring (con su típica carrocería Superleggera)… pero descapotado por el gran Pedro Serra, aunque el propietario me dice que no busque el techo duro que le puso, porque se perdió en los años 60. ¡Y eso que empieza a chispear en el pueblo de Manresa en el que estamos haciendo esta toma de contacto!
Para colmo (de bienes), parece que esta unidad perteneció al propio Juan Jover, quien dado que en un accidente en competición había quedado lesionado del brazo derecho, pues encargó este ‘Z’ con el volante a la derecha y el cambio de 5 velocidades a la izquierda. Y, evidentemente, para alguien como yo, ¡esto no va a ser el más mínimo problema!
Yo también estoy a punto de cumplir un sueño infantil, con la prueba de este portento de la historia, la ingeniería, la exclusividad y la técnica. Giro la llave de contacto, aprieto un botón y los 8 cilindros en V de este poderoso motor (este monta un bloque de 2,8 litros, 172 CV y dos carburadores de cuatro cuerpos) hacen que el capó brame, vibre y se mueva un poquito. Tal y como reconoce su propietario, “en los 50 era un superdeportivo; y ahora, un camión rápido”. Pero si yo tendría tan ricamente un camión de esta marca en mi garaje, ¡cómo no iba a tener precisamente este!
Piso el embrague con muchísima decisión selecciono primera con toda la fuerza que me permite mi mano izquierda (el cambio está a ese lado y las marchas, dispuestas al revés de todo lo conocido, con esa primera velocidad a la izquierda y abajo; la segunda, en el centro y arriba; la tercera, en el centro y abajo…). Dicho así, suena fácil, pero para cada engranaje, tengo que pegar pisotón al embrague y al acelerador para subir un poco de vueltas la mecánica y que el conjunto no rasque. Si a eso le añades que voy por carreteras estrechas de las de antes, en un entorno rural y que el viento acentúa la sensación de rapidez… la experiencia empieza a ser sobrenatural.
Pero lo que también percibo enseguida es que este coche, querido Wifredo, lo concebiste para ir rápido, no de paseo. Y a medida que me voy animando todo va funcionando como mejor. La dirección, lógicamente, responde de un modo menos ortopédico; el cambio, lo mismo; los ruidos aerodinámicos en este caso me los bebo con el mismo placer que el sonido que llega más directamente del motor y el viento que me da en la cabeza.
Los frenos trato de usarlos lo menos posible para que no se calienten, pero según gano confianza, el chasis me va dando más y más satisfacciones. Y ahora fantaseo sobre cómo se comportaría este Pegaso en cualquier competición de entonces. Por cierto: se dice que esta unidad que tengo en mis manos es la última de la saga en haber ganado una competición oficial, la subida a San Feliz de 1961. Y eso hace que el viaje en el tiempo que consigue brindarte una máquina así sea aún más intenso y placentero.
No me quiero bajar de aquí en mi vida; no tendría inconveniente en vender todos mis bienes y desplazarme ya siempre en esta maravilla todos los días y cada vez que saliera de casa, al trabajo, de vacaciones, a por el pan, a recoger al niño al cole… Pero lo que no ha conseguido el ruido, el polvo, el viento ni el riesgo de los pasos por curva para sacarme de mi ensoñación, si lo hace una lluvia fina que coincide con que, al ralentí, el motor se empiece a parar. ¡Y sin capota! Parece que es sólo cuestión de retocar pronto la carburación para que gane en fiabilidad un Z-102 que, como casi todos, no tuvo tiempo de ser convenientemente desarrollado nunca.
Aunque el reto ahora es localizar las partes más robustas de la carrocería antes de que el mal tiempo arrecie, para ayudar al propietario a devolver -a empujones y sin romper nada- esta joya a la cochera… y, cómo no, recordar este día para siempre.
| A destacar | A mejorar |
| Unidad única en el mundo de los poquitos Z-102 fabricados | Afinación de los carburadores en el momento de la prueba |
| Diseño | Frenos justos |
| Pedigrí deportivo | Ausencia de capota |
Fotos: Auto Bild
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| RESUMEN Para un amante de los clásicos como yo y 'pagasista' de toda la vida, que ha conducido autobuses y camiones de la mítica firma española, conducir un Z-102 es un sueño hecho realidad. Si el Estado hubiera apoyado mínimamente su continuidad en los años 50, quizá hoy estaríamos ante el origen de, con perdón de don Wifredo, los 'Ferrari españoles'. ¿Te imaginas? | 4.5 PUNTUACIÓN GENERAL |