Para Mercedes hay una berlina con una tirada limitada (10.479 unidades incluyendo las correspondientes al E 500 y al E 60 AMG) que consiguió eclipsar a todos los modelos que formaron parte de la generación 124. Algo que mantienen vigente a día de hoy aunque dejaran de producirla en 1995. Y es que el Mercedes 500 E siempre fue un lobo con piel de cordero.
Su carta de presentación en el Salón del Automóvil de París de 1990 dejó claro que este sedán pertenecía al mundo de los deportivos: motor en forma de V de ocho cilindros, cilindrada de cinco litros, potencia de 326 CV y velocidad máxima limitada a 250 km/h. Y todo esto estaba escondido detrás de una apariencia muy sutil que le daba una imagen de coche sobrio.
El papel de Porsche
Detrás de aquel coche estaba Porsche: corría el año 1987 cuando le encomendaron el desarrollo estructural y varias pruebas del W 124 con el motor M 119 de ocho cilindros. Su misión no terminó ahí: el montaje del Mercedes 500 E también fue cosa suya. Así las cosas, recibía las diferentes piezas de la carrocería, las ensamblaba, las enviaba a Zuffenhausen y para dar el toque final volvía a entrar en escena Porsche… antes de que la entrega tuviera lugar en Sindelfingen.
A pesar de este detalle, cuando Mercedes presentó el 500 E no causó demasiado revuelo. Era un modelo que necesitaba tiempo para ser degustado como merecía ya que las diferencias que marcaba estaban en sus detalles. Hablamos, claro está, de aquellos guardabarros ensanchados para poder equipar unas llantas de 16 pulgadas y unos neumáticos 225/55 R 16. La carrocería había sido rebajada 23 milímetros y el faldón delantero había sido modificado con unas luces antiniebla integradas.
Un V8 bajo el capó
No obstante, lo verdaderamente interesante era el rendimiento que ofrecía el Mercedes 500 E con aquel V8, un motor bien diseñado que había tomado como fuente de inspiración el 500 SL de la serie R 129. La principal diferencia entre ambos era la inyección de combustible ubicada en el colector de admisión controlada electrónicamente «Bosch LH-Jetronic» inédita hasta la fecha en Mercedes. El remate llegaba de la mano de una transmisión automática de serie.
Para hacer frente a la alta velocidad que prometía sin problemas, heredó el sistema de frenos de la serie R 129 y Mercedes equipó al 500 E con el control de tracción ASR, que evitaba que las ruedas motrices patinaran, y reubicó la batería en el maletero para mejorar la distribución del peso. Una serie de ajustes que ayudaban a que el Mercedes 500 E se convirtiera en un lobo con piel de cordero.